Según el Diccionario de la lengua española (DLE) de la Real Academia Española (RAE), una paradoja es un hecho o una expresión aparentemente contraria a la lógica, una figura del pensamiento que encierra una contradicción solo en apariencia.
Las paradojas, lejos de ser simples juegos retóricos, suelen revelar —tras una reflexión más profunda— verdades complejas que no encajan en razonamientos lineales. A diferencia del sofisma, que persigue el engaño mediante un razonamiento falaz, la paradoja ilumina una realidad más amplia a través de la contradicción.
El escritor uruguayo Eduardo Galeano, en El libro de los abrazos, dedica un breve relato titulado Paradojas a recopilar algunas de las más llamativas contradicciones históricas:
“Napoleón Bonaparte, el más francés de los franceses, no era francés. No era ruso José Stalin, el más ruso de los rusos; y el alemán de los alemanes, Adolfo Hitler, había nacido en Austria. Margherite Sarfatti, la mujer más amada por el antisemita Mussolini, era judía. José Carlos Mariátegui, el más marxista de los marxistas latinoamericanos, creía fervorosamente en Dios. El Che Guevara había sido declarado completamente inepto para la vida militar por el ejército argentino”.
En el mismo libro, en el texto Celebración de las contradicciones, Galeano remata con una reflexión aún más reveladora:
“De los miedos nacen los corajes y de las dudas las certezas. Los sueños anuncian otra realidad posible…”.
Si trasladamos esta mirada a nuestra historia reciente y a la realidad política de nuestra ciudad, resulta inevitable reconocer que Ceuta también alberga una de esas paradojas singulares que merecen ser observadas, analizadas y, por qué no, valoradas.
Juan Vivas es uno de los dirigentes más longevos del Partido Popular en España, gobernando Ceuta de forma ininterrumpida durante más de dos décadas. La aparente contradicción surge cuando se constata que, a diferencia de la estrategia habitual de su partido a nivel nacional, ha rechazado de manera reiterada pactar con VOX, incluso cuando esta formación ha contado con una representación relevante en la Asamblea.
Su argumento ha sido constante: preservar la convivencia, la cohesión social y el delicado equilibrio de una ciudad multicultural como Ceuta. Frente a la lógica de bloques, Vivas ha optado por el diálogo con el resto de fuerzas políticas —incluido el PSOE— sin descalificaciones ni confrontaciones estériles, buscando acuerdos prácticos orientados a mejorar la vida de los ciudadanos. Del mismo modo, ha mantenido una relación institucional leal y constructiva con el Gobierno de España, relación que se ha traducido en beneficios concretos para la ciudad.
Esta estrategia lo ha convertido en una figura atípica dentro del PP: un dirigente que antepone la estabilidad local y la singularidad ceutí a las consignas nacionales, apostando por el consenso en cuestiones fundamentales. Un modelo que contrasta con la actitud de otros representantes ceutíes, atrapados en una dinámica de radicalización permanente contra el PSOE, incluso cuando ello implica votar en contra de medidas potencialmente beneficiosas para la ciudadanía.
La situación encaja plenamente en la definición clásica de paradoja: un político conservador que utiliza la confrontación con la derecha radical no para subvertir el orden, sino para protegerlo; no para polarizar, sino para preservar la convivencia.
En este contexto, y coincidiendo con el reciente nombramiento de Miguel Ángel Pérez Triano como nuevo Delegado del Gobierno del PSOE —a quien felicitamos y deseamos una gestión fructífera para Ceuta—, confiamos en que la buena sintonía institucional se mantenga y se refuerce en beneficio del conjunto de los ceutíes.
Por todo ello, este medio —que ha denunciado y seguirá denunciando aquello que considere injusto o mejorable en la acción del Gobierno de Juan Vivas— entiende que también es necesario dar al César lo que es del César. Y reconocer que Ceuta puede sentirse orgullosa de esta bendita paradoja que hoy la gobierna.
La calificamos de “bendita” porque, en un escenario de polarización extrema, la excepción a la regla actúa como un auténtico amortiguador social. Es la demostración de que la política local puede —y en ocasiones debe— desoír las directrices dictadas desde Madrid para adaptarse a su propia realidad demográfica, cultural y social.




















