MADRID.— La muerte de Maricarmen Abascal, la anciana de 87 años desahuciada del piso madrileño en el que había residido durante casi toda su vida, no solo ha desatado una ola de homenajes y movilizaciones ciudadanas en diversos puntos del país, sino que también ha destapado una agresiva corriente de descalificaciones y ataques vertidos en redes sociales y en determinados medios de comunicación tras su fallecimiento.
El caso de la anciana —convertida en símbolo de las movilizaciones en favor del derecho a la vivienda y de la contención del mercado inmobiliario— ha removido el panorama político y social. Sin embargo, en los días posteriores a su desalojo y tras conocerse la noticia de su fallecimiento, se articuló una réplica centrada en descalificar la imagen pública de la víctima.
De símbolo social a blanco de críticas
A través de reportajes locales, declaraciones de vecinos y comentarios en plataformas digitales, diversos sectores intentaron contrarrestar el impacto mediático del desahucio proyectando lo que analistas denominan una «imagen en negativo» de la fallecida. Entre los comentarios y titulares más difundidos figuraban acusaciones de que “era una jeta”, que “se pasaba las tardes jugando al bingo” o acusaciones de índole xenófoba e idiológica sintetizadas en frases como “si fuera Morocarmen tendría casa”.
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Otras informaciones ponían la atención en que la anciana supuestamente contaba con pensión suficiente o en que cuestionaba a sus vecinos, en un intento de desmontar la narrativa de vulnerabilidad e indefensión que la convirtió en el eje de las protestas frente al cordón policial el pasado mes de septiembre.
Un impacto trágico a pocas horas de una solución
El trasfondo del caso contrasta con la crudeza de su desenlace. Tras años de litigios judiciales e intentos fallidos por frenar el lanzamiento, Maricarmen había logrado acordar un nuevo contrato de alquiler para recuperar su hogar, el cual estaba previsto firmarse la mañana del jueves 8 de octubre. Sin embargo, la salud de la anciana, fuertemente deteriorada por el desgaste físico y emocional del proceso, se apago menos de 24 horas antes de poder rubricar el acuerdo.
Mientras en lugares como la Puerta del Sol de Madrid o la propia calle de Alcalde Sainz de Baranda se levantaban altares improvisados con velas, flores y concentraciones de protesta bajo consignas como “no habrá más Maricármenes”, la controversia en torno a su figura pone de manifiesto la profunda brecha ideológica que rodea la crisis del acceso a la vivienda en España.








