Un estudio publicado en Nature revela que estos animales primitivos comparten patrones de descanso similares a los humanos, reforzando la idea de que el sueño evolucionó como un mecanismo para proteger el ADN del daño celular.
Dormir no es un lujo ni una rareza exclusiva de los humanos. Es una necesidad biológica universal. Así lo confirma un nuevo estudio publicado en la revista Nature, que demuestra que las medusas —organismos sin cerebro centralizado— duermen de forma sorprendentemente similar a las personas: descansan durante la noche unas ocho horas y, además, se conceden breves siestas alrededor del mediodía.
El hallazgo, liderado por investigadores de la Facultad de Ciencias de la Vida de la Universidad Bar-Ilan (Israel), aporta nuevas pruebas de que el sueño es un rasgo profundamente arraigado en la evolución animal. Según los autores, esta conducta podría haber surgido como una estrategia ancestral para proteger al organismo del daño que sufre el ADN durante la vigilia.
Hasta ahora, se sabía que todos los animales duermen, aunque de maneras muy distintas. Delfines y ballenas descansan con medio cerebro despierto para poder respirar; las aves migratorias duermen mientras vuelan; jirafas y elefantes apenas superan las dos horas diarias; mientras que perros y gatos pasan buena parte del día dormidos. Sin embargo, se creía que solo los primates replicaban patrones de sueño comparables a los humanos. Las medusas han venido a romper esa idea.
El equipo científico analizó el comportamiento de la medusa Cassiopea andromeda tanto en laboratorio como en su entorno natural, y el de la anémona de mar Nematostella vectensis en condiciones controladas. Descubrieron que ambas especies duermen aproximadamente un tercio del día. En el caso de las medusas, el descanso se concentra por la noche, con pequeñas siestas diurnas; mientras que las anémonas duermen principalmente durante el día.
Además, los investigadores comprobaron que el sueño de las medusas está regulado por la luz y por el impulso homeostático del sueño, el mecanismo interno que indica cuándo el cuerpo necesita descansar. En las anémonas, en cambio, predomina el control del reloj circadiano interno.
Más allá de la curiosidad biológica, el estudio tiene implicaciones profundas. Durante la vigilia, el ADN sufre miles de daños diarios debido a la radiación, el estrés oxidativo o la inflamación. El sueño profundo activa con mayor intensidad los mecanismos de reparación genética, reduce el metabolismo cerebral y disminuye el estrés celular. Cuando se priva del sueño a estos animales, aumenta el daño neuronal en su ADN, un efecto similar al observado en humanos.
Los científicos también observaron que, cuando el daño al ADN aumentaba por factores externos, las medusas dormían más tiempo para compensarlo. Esto refuerza la hipótesis de que el sueño pudo evolucionar, desde sus orígenes más antiguos, como un sistema de defensa celular frente al desgaste de la actividad diaria.
En los humanos, dormir mal o fuera de ritmo desincroniza la expresión génica y se asocia con un mayor riesgo de enfermedades como el cáncer, la diabetes o los trastornos neurodegenerativos. Además, el descanso adecuado se relaciona con telómeros más largos —estructuras del ADN vinculadas al envejecimiento—, lo que sugiere que dormir bien no alarga la vida de forma directa, pero sí ralentiza su deterioro.
Con estos resultados, las medusas se consolidan como un modelo inesperado pero valioso para estudiar la evolución del sueño. Un recordatorio más de que, incluso en los animales más simples, dormir no es opcional: es una cuestión de supervivencia.


















