El veterano actor revela que lleva dos años en una clínica de descanso tras sufrir un colapso por el agotamiento profesional. Denuncia el sentimiento de abandono por parte de sus compañeros de gremio tras alejarse de los focos.
Ricardo Arroyo, el actor que durante años dio vida al icónico Vicente Maroto en la exitosa serie La que se avecina, ha roto su silencio tras tres años de ausencia en la pequeña pantalla. En una reveladora conversación telefónica con el espacio El tiempo justo, el intérprete ha confesado que su retiro forzoso se debe a un ingreso prolongado en una «clínica de descanso», donde lucha contra las secuelas de un estrés crónico y el agotamiento acumulado tras décadas de exigente carrera profesional.
A sus 39 años de trayectoria, el actor barcelonés ha explicado que el ritmo de vida derivado de los rodajes terminó por pasarle factura de manera irreversible. «Me pudo el estrés. Llegó un momento en que dije: ‘Hasta aquí’», ha señalado Arroyo, diferenciando claramente que su problema no fue la gestión de la fama, sino la «prisa» y las jornadas interminables que encadenaban el trabajo en el set con el estudio nocturno y los madrugones.
Una dura rehabilitación de 3.000 euros mensuales
El proceso de ingreso de Ricardo Arroyo no fue inmediato, sino la culminación de un progresivo deterioro físico y mental. Tras pasar por Urgencias y diversos centros sanitarios, el actor recaló en su actual clínica, cuya estancia supone un coste aproximado de 3.000 euros mensuales. Allí, su objetivo principal es recuperar la normalidad y la memoria, aspectos vitales que se vieron comprometidos por el colapso sufrido.
Aunque asegura que evoluciona favorablemente, las secuelas físicas aún persisten. Arroyo ha relatado la fragilidad de su estado actual, mencionando problemas de equilibrio que le han provocado incidentes graves. «Tengo que andar con cuidado, los pasos, que no me maree. He tenido casi 20 caídas en la calle», reconoce con preocupación.
Críticas a la industria y al «olvido» de sus compañeros
Uno de los puntos más amargos de su confesión ha sido el reproche hacia la falta de apoyo de quienes fueron sus colegas de profesión. El actor ha cargado contra la naturaleza efímera y, a veces, ingrata del mundo del espectáculo, donde el reconocimiento parece desvanecerse al mismo ritmo que la presencia en pantalla.
«Aquí, cuando tienes popularidad o estás trabajando, eres la hostia; en cuanto desapareces del grupo, nadie se acuerda de ti. Te sientes abandonado», ha lamentado con amargura. Esta sensación de soledad ha marcado su estancia en la clínica, contrastando con la camaradería que se presupone en los rodajes de larga duración.
Esperanza en un posible regreso
Pese a la dureza de su situación y la decepción con el entorno profesional, Ricardo Arroyo no cierra la puerta a retomar su vocación. El actor ha manifestado que echa de menos el trabajo y mantiene una buena relación de confianza con los directores de la serie, Alberto y Laura Caballero.
«No doy por hecho el no volver. Estoy seguro de que contarían conmigo», afirma con esperanza. Para el inolvidable «hombre del cojín» de Mirador de Montepinar, el regreso a la televisión sería el broche final a una recuperación que, aunque lenta y costosa, sigue avanzando con el firme deseo de volver a ser, simplemente, «un tío normal».



















