El estratega español alza su quinta Europa League tras una exhibición táctica en Estambul. Los ‘villanos’ destrozan al Friburgo y conquistan su primer título continental desde 1982 con goles de Tielemans, Buendía y Rogers.
Algún día el fútbol recordará a Unai Emery como uno de los grandes entrenadores de Europa. Este glorioso deporte, esta maravilla que se inventó en la calle y acabó en un laboratorio, es el lugar perfecto en el que el técnico de Fuenterrabía ha convertido la táctica en un arte puro. Pasarán los años y el mundo entero recitará las gestas en la Europa League de un estratega que hizo de esta competición su particular Champions y de la pizarra su forma de vida. En los anales de la historia ya está escrito con letras de oro que Emery es el mejor de cuantos se han sentado jamás en un banquillo del segundo torneo en relevancia del Viejo Continente.
En Estambul sumó un título más a su excelso palmarés, el quinto en seis finales disputadas en su carrera, el primero al mando del Aston Villa y el que cierra de un plumazo una cruenta sequía de 44 años sin tocar metal de la escuadra de Birmingham. A la gloria imperecedera que ya alcanzó en el pasado con el Sevilla y el Villarreal, une ahora esta otra proeza histórica con un equipo al que cogió peleando firmemente por evitar el descenso en la Premier League y al que ya ha instalado por derecho propio en la máxima élite europea.
Aquellas noches mágicas en Basilea, Varsovia, Turín y Gdansk tienen desde hoy continuación con lo ocurrido en la capital turca, allí donde los villanos pasaron por encima del Friburgo alemán al más puro estilo Unai Emery. No hay equipo al que no le deje su sello de identidad el técnico español, ni partido grande en el que su impronta táctica resulte indiferente para los espectadores.
La libertad absoluta concedida a Rogers y Watkins, los pases largos y precisos del ‘Dibu’ Martínez hacia ellos, la manera de flotar con elegancia de Emi Buendía entre las líneas defensivas y la labor oscura pero impecable de Victor Lindelöf como reconvertido mediocentro de contención hicieron pensar desde el primer minuto que la final tenía un único dueño. La noche era de Emery. El conjunto inglés amenazó con dañar desde el principio, aunque no fue hasta el borde del descanso cuando desniveló la final el conjunto de Birmingham.
Llegó entonces un tsunami en apenas siete minutos que reflejó la trascendencia del técnico en el partido desde sus más profundas convicciones. El gol inicial de Youri Tielemans nació de una brillante jugada a balón parado que premia la constancia de Unai en esta especialidad; pocos han creído más en la estrategia y en las jugadas ensayadas en la última década que él. Pero la magia también tiene un lugar reservado en el ecosistema de Emery, y así lo demostró Buendía con un gol colosal con la zurda desde el borde del área que terminó silbando la misma escuadra.
Fueron dos zarpazos definitivos de un equipo ultratrabajado, la quintaesencia del esfuerzo, el orden, el concepto y el método. El Aston Villa dejó en absolutamente nada la final del Friburgo, sumido de golpe en una irrelevancia que contrastaba con la gran Europa League que los alemanes habían firmado hasta toparse con el auténtico rey de la competición. Emery demostró ser mucho Emery: aceptando el contexto, aguantando la posición sin demasiadas alegrías y dejando la pelota en el tejado rival, se dedicó simplemente a competir hasta que sentenció el choque. Buendía caracoleó por la izquierda y Rogers metió la puntera en el primer palo. Fue el justo premio para la estrella del Aston Villa, un jugador descomunal que con su actual técnico ha alcanzado una galaxia desconocida.
Sin rival y sin final en los últimos minutos, la hinchada del Aston Villa disfrutó de una noche inolvidable para el recuerdo, la que le hizo campeón por primera vez desde 1982, reverdeciendo los viejos laureles de aquella gesta que hace más de cuatro décadas lograron los campeones de Europa al derrotar al Bayern en Rotterdam. Ya no habrá que hablar con nostalgia de leyendas y del pasado en Birmingham y en Inglaterra. Resulta que un día aparecieron por allí Emery y su grandeza, y la ciudad universitaria e industrial, la de los Peaky Blinders, la que había vivido en la depresión futbolística más cruel, explotó por la alegría de verse en lo más alto de Europa de nuevo.
Buendía pudo incluso colorear una goleada mayor, pero ni el príncipe Guillermo, el hincha más célebre de este club y presente en la grada de Estambul, temió jamás por lo que tanto mereció el Aston Villa y que ya es suyo. La quinta de Unai Emery es la constatación definitiva de un entrenador legendario, injustamente mal tratado por los tres grandes clubes de LaLiga que nunca apostaron del todo por él, y que ya se ha coronado como el mejor de siempre en la historia de la Europa League y en el corazón de clubes medianos a los que hizo gigantes como nunca antes: el Sevilla en tres ocasiones, el Villarreal y ahora, también, el Villa.











