La crisis migratoria que afecta a Ceuta en las últimas semanas ha impactado en uno de sus puntos más vulnerables: la barriada de El Príncipe. Según testimonios de seis vecinos vinculados al narcotráfico recabados por El Mundo, el flujo constante de recién llegados ha alterado el delicado y violento equilibrio bajo el que operan las normas internas del barrio.
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La llegada masiva de migrantes ha reactivado el mercado local de estupefacientes —especialmente el de la cocaína— en zonas periféricas donde la presencia policial es menor. No obstante, los narcotraficantes locales rehúsan incorporar a los recién llegados a sus redes por falta de confianza, limitando la relación a la venta de sustancias.
Un orden paralelo frente a la delincuencia ajena
El testimonio de los entrevistados expone una paradoja estructural: delincuentes que viven del narcotráfico demandan mayor presencia del Estado para frenar el «caos migratorio», al tiempo que ejercen un patrullaje anárquico para imponer su propia «ley del barrio».
Entre las acciones que aseguran llevar a cabo se encuentran:
- Mecanismos de protección ciudadana: Patrullas vecinales para disuadir agresiones violentas a mujeres en campamentos improvisados y traslados de víctimas al hospital.
- Justicia por mano propia: Castigos físicos directos a quienes violan los códigos locales, al margen de las fuerzas de seguridad y los tribunales.
- Rechazo a la integración en redes: Exclusión explícita de los migrantes en la estructura del tráfico de drogas por temor a robos o delaciones.
Marginación histórica y frustración social
Los seis hombres —nacidos en Ceuta, españoles y de confesión musulmana— justifican su vinculación al crimen por el abandono institucional prolongado y la estigmatización que sufren al residir en El Príncipe. Aunque ejercen la economía sumergida como «petaqueros» o distribuidores, aseguran percibir con temor el aumento de la violencia y las amenazas que alteran el control que han ejercido históricamente sobre la zona.








