Durante décadas, la ciencia médica ha establecido como norma universal la necesidad de dormir entre siete y nueve horas diarias para proteger nuestra salud física y mental. Sin embargo, las investigaciones más recientes están matizando este mensaje al confirmar la existencia de los dormidores cortos naturales. Se trata de una minoría de la población, estimada entre el 1 % y el 3 %, que posee una particularidad biológica respaldada por la genética que les permite funcionar al máximo rendimiento con solo cuatro o cinco horas de descanso.
Una cuestión de eficiencia cerebral
A diferencia de la mayoría de las personas, que tras una noche de poco sueño experimentan fatiga, irritabilidad y falta de concentración, los dormidores cortos naturales se despiertan con una sensación de descanso pleno. Su organismo no sufre los efectos negativos asociados a la privación de sueño, como el riesgo de enfermedades cardiovasculares, metabólicas o neurológicas.
La clave no reside en que duerman de forma más ligera, sino en que su cerebro es extremadamente eficiente. Mientras que un cerebro promedio necesita ocho horas para completar procesos críticos como la reparación celular, la consolidación de la memoria y la eliminación de residuos metabólicos, el organismo de estos individuos realiza estas tareas de forma mucho más concentrada y veloz.
El descubrimiento del gen SIK3
La Universidad de California en San Francisco ha liderado estudios que identifican mutaciones raras como la causa de este fenómeno. Uno de los hallazgos más relevantes es la mutación en el gen SIK3, encargado de regular los procesos neuronales durante el descanso. Al analizar a personas que habían mantenido este patrón de sueño breve durante toda su vida sin consecuencias para su salud, los científicos confirmaron que su capacidad está escrita en su ADN desde el nacimiento.
Para validar esta teoría, los investigadores replicaron estas mutaciones en ratones de laboratorio. Los resultados fueron sorprendentes: los animales modificados dormían mucho menos que el resto, pero mantenían una actividad cerebral y un estado físico idénticos a los de los ratones con ciclos de sueño normales.
El peligro de intentar imitar esta condición
Los expertos lanzan una advertencia clara: la capacidad de dormir poco no se puede entrenar. Existe una diferencia fundamental entre ser un dormidor corto por genética y sufrir privación de sueño por hábitos de vida. Para el 97 % restante de la población, intentar imitar este patrón sin tener la base biológica adecuada conlleva consecuencias graves y acumulativas para la salud.
Comprender estos mecanismos genéticos no solo ayuda a derribar mitos sobre la pereza o la productividad, sino que abre una ventana a futuras terapias. El objetivo es que, en un futuro, estos descubrimientos permitan desarrollar tratamientos para optimizar la calidad del sueño en personas que sufren insomnio u otros trastornos del descanso.


















