La combinación de inteligencia artificial, edición genética y biología sintética plantea nuevos desafíos para la seguridad biológica. Los expertos advierten de posibles riesgos futuros, aunque transformar estas tecnologías en un arma efectiva sigue siendo extremadamente complejo.
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La inteligencia artificial, la edición genética y la biología sintética están modificando el escenario de la seguridad frente a las armas biológicas. Expertos señalan que estas tecnologías pueden reducir algunas barreras técnicas para manipular sistemas vivos, aunque convertir esos avances en un ataque eficaz continúa siendo una tarea de enorme dificultad.
Una de las preocupaciones actuales se centra en la posibilidad de agentes mutagénicos o teratogénicos, capaces de provocar alteraciones genéticas, cáncer, problemas reproductivos o anomalías durante el desarrollo embrionario.
Estos escenarios no carecen completamente de antecedentes históricos. Durante la guerra de Vietnam se utilizó el Agente Naranja, contaminado con TCDD, una dioxina relacionada con efectos carcinógenos y defectos congénitos. Además, Irak reconoció ante Naciones Unidas el desarrollo de aflatoxinas para incorporarlas a armamento durante el régimen de Saddam Hussein.
El avance de las herramientas de modificación genética y la capacidad de la inteligencia artificial para analizar grandes cantidades de datos biológicos han aumentado la preocupación entre especialistas. En 2016, el entonces director de Inteligencia Nacional de Estados Unidos, James Clapper, incluyó la edición genética entre las tecnologías relacionadas con armas de destrucción masiva y proliferación.
Sin embargo, los científicos destacan que la capacidad de modificar sistemas biológicos no implica disponer automáticamente de un arma utilizable. Uno de los principales obstáculos continúa siendo la dispersión eficaz de un posible agente para alcanzar a una población amplia.
Un informe elaborado en 2018 por especialistas estadounidenses sobre defensa frente a los riesgos de la biología sintética señalaba que incluso si fuera posible diseñar determinados agentes, conseguir que produzcan el efecto buscado a gran escala supone una dificultad importante.
Además, una amenaza biológica de estas características plantearía problemas para su detección y respuesta. Los equipos científicos tendrían que identificar el agente empleado, estudiar sus efectos y desarrollar medidas de control mientras los sistemas sanitarios atienden a los afectados.
La preocupación actual se centra en que la inteligencia artificial y la biotecnología puedan seguir reduciendo las barreras de acceso a capacidades avanzadas. Informes recientes reclaman reforzar los sistemas de prevención y vigilancia ante posibles amenazas biológicas asistidas por inteligencia artificial.








