El Ejecutivo asume el distanciamiento insalvable con sus socios de investidura, pero confía en convalidar decretos clave e intentar un último acuerdo de Presupuestos antes de dar paso a las urnas.
MADRID. El Gobierno de Pedro Sánchez ha entrado de lleno en una fase de resistencia pragmática. Tras el complejo y agrio debate vivido en el Congreso de los Diputados, la Moncloa no oculta la realidad: la distancia con sus socios parlamentarios habituales es inmensa y la legislatura avanza por un camino sumamente estrecho. Sin embargo, el presidente del Gobierno ha optado por apurar sus últimos cartuchos políticos, activando una estrategia hiperactiva para aprobar el mayor número posible de leyes y decretos antes de dar por terminado el ciclo y convocar a los españoles a las urnas.
Lejos de una parálisis total, el diseño gubernamental pasa por demostrar iniciativa y «geometría variable» en el Parlamento. El Ejecutivo es consciente de que el margen de maniobra es mínimo, pero confía en que la necesidad mutua de los bloques impida un colapso inmediato, permitiéndole estirar los plazos institucionales mientras construye el relato de gestión que presentará de cara a la campaña electoral.
El escudo de los decretos y la «batalla final» de los Presupuestos
La hoja de ruta inmediata del Gobierno descansa en la convalidación de un paquete de decretos y proyectos de ley que llegan esta misma semana a la Cámara Baja. Los estrategas de la Moncloa manejan la tesis de que, pese a las duras advertencias dialécticas de formaciones como ERC, Junts o el PNV, a ninguna de las fuerzas de la investidura le conviene en este momento una caída abrupta del Gobierno que propicie un escenario electoral con la derecha al alza.
El verdadero punto de inflexión y la «batalla final» de este periplo —como señalan fuentes parlamentarias— estará en la negociación de los Presupuestos Generales del Estado. El propio PNV, siempre pragmático y riguroso con los tiempos políticos, verbalizó con nitidez el sentir general del bloque: «Presente los Presupuestos y, si no los consigue sacar, convoque elecciones». Ese es el límite real que asume el entorno de Sánchez. El Ejecutivo intentará armar las cuentas públicas a contrarreloj y, de fracasar en el intento, quedará expedito el camino definitivo hacia el adelanto electoral.
Construyendo el relato de la disolución
El plan de resistencia no busca únicamente la supervivencia cronológica, sino perfilar el marco político del futuro electoral. Al exprimir la agenda legislativa y llevar propuestas de marcado carácter social al Congreso, Sánchez obliga a sus socios a retratarse: o votan a favor de las medidas del Gobierno o se alinean con el bloqueo de la derecha.
Si la cuerda termina por romperse en la negociación presupuestaria, el presidente podrá disolver las Cortes con el argumento de haberlo intentado hasta el último minuto, presentándose ante el electorado como el único garante de la estabilidad frente a la pinza de la oposición y la inestabilidad de los partidos independentistas. En la Moncloa asumen que el tiempo de los grandes acuerdos estructurales ha pasado, pero se niegan a bajar la persiana sin dar antes la última batalla en el BOE.















