La captura de Nicolás Maduro no solo ha sacudido a Venezuela, sino que ha abierto una pregunta incómoda: ¿pudo producirse con la colaboración de su propio entorno político y militar? Fuentes, movimientos previos y silencios estratégicos apuntan a una posible traición interna cuidadosamente orquestada.

La rapidez y precisión del operativo que culminó con la detención de Maduro difícilmente encajan con una intervención improvisada. Analistas de seguridad consultados subrayan que sin información interna, rutas, horarios y “ventanas” de vulnerabilidad, una acción de ese calibre habría sido mucho más ruidosa y arriesgada.
En los días previos, se produjeron movimientos llamativos en la cúpula chavista. La salida del país de Delcy Rodríguez rumbo a Rusia, la discreta reconfiguración de mandos y un silencio anómalo de los portavoces oficiales alimentan la hipótesis de un repliegue calculado. Para algunos observadores, estas señales encajan con un escenario de negociación soterrada: asegurar salidas personales a cambio de facilitar la entrega del líder.
El foco se dirige inevitablemente a los altos mandos militares. La lealtad de las Fuerzas Armadas ha sido históricamente el pilar del régimen. Sin embargo, el desgaste económico, las sanciones y la presión internacional habrían incentivado a ciertos sectores a priorizar su supervivencia. En ese tablero, nombres como Vladimir Padrino López aparecen en el centro del análisis: su control operativo sería clave para permitir o bloquear cualquier intervención.
También emerge el rol del poder político interno. Diosado Cabello, tradicional “hombre fuerte” del chavismo, habría reforzado su influencia en paralelo a la caída de Maduro. Fuentes regionales apuntan a pactos de no agresión y a la consolidación de cuotas de poder como moneda de cambio para evitar un colapso total del sistema.
Otro indicio es la ausencia de resistencia visible durante el operativo. No se registraron enfrentamientos de gran escala ni llamados inmediatos a la movilización de las milicias. Ese vacío sugiere, cuando menos, órdenes de contención emitidas desde dentro. En operaciones anteriores, la reacción del aparato de seguridad fue rápida y contundente; esta vez, no.
En paralelo, la reubicación de figuras clave fuera del país —y la búsqueda de amparo en aliados estratégicos— refuerza la lectura de una salida pactada. Rusia aparece como destino preferente para quienes anticipaban consecuencias judiciales o represalias internas, un patrón observado en otras transiciones traumáticas.
Pistas que sostienen la hipótesis de colaboración interna
- Información de inteligencia precisa difícil de obtener sin fuentes dentro del régimen.
- Movimientos previos de la cúpula (viajes, silencios, reordenaciones).
- Falta de respuesta armada inmediata y contención de fuerzas leales.
- Beneficios claros para actores internos tras la caída del líder.
- Búsqueda de refugio y protección por figuras cercanas al poder.
Lo que aún no se puede probar
No existen, por ahora, documentos públicos ni confesiones que certifiquen una entrega pactada. Las fuentes hablan bajo anonimato y los indicios, aunque coherentes entre sí, no constituyen prueba judicial. Sin embargo, en escenarios de quiebre autoritario, la historia demuestra que las caídas rara vez son externas y limpias: suelen nacer de fracturas internas.
La detención de Nicolás Maduro parece menos el resultado de una fuerza externa omnipotente y más la consecuencia de un régimen erosionado por dentro. Si la hipótesis de la colaboración interna se confirma, estaríamos ante una implosión del chavismo, donde la lealtad cedió ante el instinto de supervivencia. En Venezuela, el poder no cayó: se entregó.


















