Antonio Luque Román
El baloncesto en Ceuta atraviesa una situación límite que ya no admite excusas, silencios ni soluciones improvisadas. Las goteras del pabellón Antonio Campoamor —la única instalación cubierta de la ciudad destinada a la práctica de este deporte— no son un incidente aislado ni una consecuencia puntual del mal tiempo. Son, en realidad, la manifestación visible de años de abandono, desinterés y ausencia de voluntad política.
Resulta difícil de comprender —y aún más de justificar— que, en pleno siglo XXI, una ciudad mantenga su baloncesto federado dependiendo de una sola instalación que no cumple con las condiciones mínimas de seguridad y funcionalidad. Cada partido suspendido, cada entrenamiento cancelado y cada jornada perdida evidencian un problema estructural que afecta directamente a cientos de deportistas que, pese a todo, continúan cumpliendo con su compromiso semana tras semana.
Mientras tanto, las federaciones territoriales observan la situación desde la comodidad de sus convenios. Cumplen con los trámites administrativos, pero eluden una defensa real y activa del deporte que dicen representar. Su silencio ante una problemática reiterada y sobradamente conocida las convierte, inevitablemente, en parte del problema y no en agentes de solución.
Las consecuencias son evidentes: clubes exhaustos, entrenadores desbordados, familias frustradas y jóvenes deportistas que reciben un mensaje desalentador. Un mensaje que transmite que su esfuerzo importa poco, que competir en condiciones dignas no es una prioridad y que la normalidad deportiva se ha convertido en un privilegio, cuando debería ser un derecho básico.
En este contexto, la creación de una asociación de clubes deja de ser una aspiración para convertirse en una obligación moral. Es imprescindible una estructura independiente, sólida y cohesionada que deje de mendigar soluciones y empiece a exigirlas. Una entidad capaz de defender, sin complejos, los derechos de quienes sostienen el baloncesto ceutí con trabajo, recursos propios y una pasión que no ha encontrado respaldo institucional.
El baloncesto de Ceuta no necesita más promesas ni comunicados vacíos. Necesita hechos, inversión y responsabilidad. Y hasta que eso ocurra, los clubes tienen el deber de alzar la voz, unirse y reclamar lo que legítimamente les corresponde.
Porque cuando una ciudad permite que su deporte base se practique bajo goteras, no solo falla una instalación. Falla el sistema. Y fallan quienes, pudiendo actuar, eligen mirar hacia otro lado.




















