JERUSALÉN — A falta de una semana para la celebración de las elecciones generales en Israel, el panorama político se encamina hacia un pulso histórico. El ex general y exjefe del Estado Mayor del ejército Gadi Eisenkot se ha consolidado como el principal adversario político de Benjamin Netanyahu, situándose por delante del partido Likud en cuatro encuestas recientes (Maariv, Canal 13, Kan y Canal 12).
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A pesar de no contar con el perfil oratorio ni la presencia magnética de la que presume Netanyahu —caracterizado por sus partidarios como un político sin carisma, de largas frases y poca gracia dialéctica—, Eisenkot encabeza las preferencias en los sondeos de opinión y lidera las apuestas en mercados de predicción como Polymarket.
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Un duelo de perfiles opuestos
El enfrentamiento electoral dibuja también un fuerte contraste biográfico. Eisenkot, de 66 años, procede de una familia modesta de emigrantes marroquíes crecida en la periferia israelí. Su trayectoria militar le llevó a liderar las Fuerzas de Defensa de Israel entre 2015 y 2019, y más recientemente a unirse al gabinete de guerra tras los atentados de Hamás del 7 de octubre de 2023, del que dimitió en 2024 al criticar la falta de una estrategia clara para Gaza. Su faceta personal también ha estado marcada por la tragedia del conflicto, tras perder en combate a su hijo Gal y a dos de sus sobrinos.
Frente a él, Benjamin Netanyahu representa un perfil diametralmente opuesto: nacido en Tel Aviv y formado en Estados Unidos, con una dilatada y experimentada carrera política que le ha permitido superar numerosos baches a lo largo de décadas en la primera línea de poder.
Un escenario de empate técnico y bloques fragmentados
Pese a la ventaja que Eisenkot y su formación centrista Yashar muestran en intención de voto y estimaciones de escaños (con la oposición rondando los 51-52 escaños frente a los 51 del bloque de Netanyahu), el sistema político israelí se enfrenta a un bloqueo previsible. Ninguno de los dos grandes bloques alcanza por sí solo los 61 escaños necesarios para la mayoría absoluta en la Knéset.
Esta aritmética convierte a los partidos árabes y a las formaciones minoritarias en piezas clave para la investidura. Mientras el Likud intenta desgastar a Eisenkot agitando el fantasma de posibles apoyos parlamentarios árabes —extremo que el líder centrista ha negado reiteradamente—, los analistas recuerdan que, pese a la erosión del primer ministro, dar por vencido a un veterano como Netanyahu sigue siendo una apuesta arriesgada hasta el recuento definitivo de los votos.











