Centros como la UPM, la UNED o Comillas despliegan tecnología pasiva en las aulas para localizar auriculares invisibles y microcámaras. El profesorado urge a cambiar el modelo de evaluación y potenciar los exámenes orales.
MADRID – La época de los apuntes escondidos en el estuche o las fórmulas escritas en la mano ha pasado a la historia. La irrupción de la Inteligencia Artificial (IA) generativa y la sofisticación de los dispositivos de comunicación inalámbrica han desatado una auténtica carrera armamentística en los campus españoles. Ante un fraude académico cada vez más difícil de detectar a simple vista, las universidades han comenzado a desplegar tecnologías avanzadas de vigilancia, como los detectores de radiofrecuencia, para garantizar la limpieza en los exámenes presenciales.
Escáneres de mesa y vigilancia de alta tecnología
Instituciones de referencia como la Universidad Politécnica de Madrid (UPM), la Universidad de Sevilla, la UNED, la Universidad de Zaragoza, la Politécnica de Valencia y la Universidad Pontificia Comillas ya lideran el uso de detectores de radiofrecuencia (RF) y de campo magnético en sus aulas, replicando protocolos ya habituales en prestigiosos centros europeos de Suiza, Italia o Países Bajos.
Se trata de equipos pasivos que no interfieren las comunicaciones ni vulneran la privacidad, ya que no registran datos personales ni contenidos. Simplemente detectan las ondas emitidas por herramientas de última generación: auriculares invisibles que se ocultan en el oído o bajo el cabello, microtransmisores instalados en la ropa o cámaras milimétricas capaces de fotografiar el examen para enviarlo al exterior y recibir las respuestas de ChatGPT en tiempo real.
«Profesores y personal de Informática van pasando los detectores por las mesas antes de empezar» para localizar señales procedentes de teléfonos o receptores camuflados, explica a EFE José Portela, adjunto a la vicerrectora de Comillas, quien destaca que el alumnado acepta la medida de buen grado. El malestar entre los estudiantes que se esfuerzan es creciente al ver cómo otros copian «con total descaro» y logran mejores calificaciones fraudulentamente.
Más guardias en el aula y pulseras bajo lupa
La contraofensiva de los rectorados no es solo tecnológica, sino también humana. La vigilancia presencial se ha reforzado notablemente. Centros como la Universidad Autónoma de Madrid (UAM) han aumentado la ratio de docentes por aula y, en ocasiones, recurren a personal de seguridad para evitar suplantaciones de identidad. Por su parte, la UNED está implantando de forma progresiva un control estricto en los accesos para interceptar dispositivos electrónicos vestibles (wearables) como relojes inteligentes, pulseras o bolígrafos con cámara antes de entrar al examen.
El desafío se multiplica en la modalidad a distancia. Los sistemas de proctoring (vigilancia online) caminan sobre una delgada línea legal. Recientemente, la Agencia Española de Protección de Datos (AEPD) impuso una sanción de 650.000 euros a la Universidad Internacional Valenciana (UIV) por obligar a sus alumnos a someterse a tecnologías biométricas de reconocimiento facial y doble cámara sin ofrecer alternativas viables, a pesar de contar con su consentimiento firmado.
El dilema pedagógico: ¿Hay que prohibir la IA o cambiar la evaluación?
Más allá de las medidas policiales, la comunidad universitaria asume que el verdadero debate es de modelo. Prohibir la IA de forma absoluta se percibe como una batalla perdida y un error formativo, dado que se trata de una herramienta clave para la productividad en el futuro entorno laboral de los estudiantes.
Por ello, la tendencia vira hacia la «evaluación auténtica» y en riguroso directo. En los trabajos de investigación, como los Trabajos de Fin de Grado (TFG) o de Máster (TFM) donde los detectores de plagio por software ya no son infalibles contra la IA, la solución pasa por blindar la defensa oral.
«Tenemos que pasar a evaluaciones en directo», defiende Javier Oubiña, director del Centro de Investigación en Economía Digital de la UAM. Desde la secretaría general de la UNED coinciden en que la clave reside en diseñar pruebas complejas orientadas a que el estudiante aplique la teoría a situaciones del mundo real mediante razonamiento crítico, un terreno donde la memorización tradicional y las respuestas automatizadas de un algoritmo ya no sirven para aprobar.















