El este de Siria vive nuevamente un escenario de caos y desplazamiento masivo, mientras cientos de presos del Estado Islámico (IS) se aprovechan del conflicto entre el ejército sirio y las fuerzas kurdas para escapar de las cárceles, aumentando la preocupación por la estabilidad regional en Turquía e Irak.
La ciudad de Derik, en la provincia de Al Hasaka y cercana a la frontera con el Kurdistán iraquí, se ha convertido en el refugio de casi 600 familias kurdas desplazadas, muchas de las cuales habían participado en la lucha contra el IS desde 2011. Entre ellos, Walat Afrin, veterano de las Unidades de Defensa del Pueblo (YPG), expresó su indignación: “¡Los americanos nos han traicionado! ¡Trump nos ha vendido! ¿Para qué perdimos tantos miles peleando contra el IS?”.
El colapso de la Administración Autónoma Democrática del Norte y Este de Siria ha reducido a los kurdos a dos pequeños enclaves aislados. En este contexto, miles de civiles intentan establecerse en escuelas y edificios vacíos, mientras grupos armados patrullan las calles ante el temor de un resurgimiento del extremismo.
El motín en la prisión de Al Hol, que alberga a familiares de combatientes del IS, ha dejado claro el alcance de la crisis. La directora del centro, Jihan Hinan, admitió que tanto los guardias como los prisioneros se vieron obligados a huir tras saqueos e incendios, dejando a decenas de miles de personas, incluidos muchos menores, sin supervisión.
Las Fuerzas Democráticas de Siria (FDS), lideradas por Mazloum Abdi, responsabilizan de la situación a la “indiferencia internacional hacia el IS” y a la retirada de apoyo estadounidense. Por su parte, expertos advierten que la liberación de presos puede marcar el inicio de un nuevo ciclo de violencia en la región, similar a la expansión del IS en Irak y Siria tras la fuga de Abu Greib en 2013.
La crisis ha generado un efecto inmediato en el Kurdistán iraquí. Miles de kurdos se manifestaron para apoyar a sus compatriotas en Siria y exigir que se abrieran las fronteras. En ciudades como Duhok, Suleimaniya, Zakho y Kirkuk, centenares de personas recibieron a voluntarios que se dirigían a la zona de conflicto, en una muestra de solidaridad que refleja la unidad del pueblo kurdo frente a la situación.
Organizaciones kurdas como el Ejército de la Libertad del Kurdistán (PAK) y el Partido de los Trabajadores del Kurdistán (PKK) han prometido respaldar a los kurdos sirios, mientras líderes comunitarios denuncian lo que consideran un abandono de Estados Unidos en favor del gobierno sirio de Ahmed al Sharaa.
Entre los testimonios de los desplazados, la violencia y el dolor son recurrentes. Sarbas Murad, originario de Mansura, narró cómo su convoy fue atacado por fuerzas leales a Damasco, con ejecuciones sumarias de jóvenes combatientes. “Una vez más, los kurdos hemos sido traicionados”, resumió Sharmin Alush, de 40 años, mientras el país enfrenta la amenaza de un resurgimiento del extremismo y un aumento del desplazamiento forzado.
El conflicto en Siria vuelve a poner en evidencia la fragilidad de los acuerdos internacionales y la difícil situación de los kurdos, quienes, pese a su papel clave en la derrota del Estado Islámico, sienten que han sido abandonados por sus antiguos aliados.



















