El escenario geopolítico global ha vuelto a entrar en una fase crítica, marcada por la reciente ofensiva de Estados Unidos e Israel contra Irán. A medida que se desarrolla la situación, surgen paralelismos inquietantes con la invasión de Irak en 2003. En ambos casos, se observan mapas de bombardeos y una retórica relacionada con amenazas inminentes, en este caso, referidas a un posible programa nuclear iraní.
El conflicto actual difiere notablemente del de Irak, tanto en su fragmentación como en la falta de consenso internacional que antes caracterizaba ciertos conflictos. Mientras que en 2003 se buscaba una legitimidad multilateral, se percibe ahora un enfoque unilateral, impulsado por la administración de Donald Trump, que ha abandonado cualquier intento de diplomacia formal. Esto convierte la intervención en una ‘guerra de voluntad‘.
En comparación con los años anteriores a la invasión de Irak, la opinión pública también se presenta dividida. En el pasado, España mostraba un fuerte rechazo a la intervención, representado en masivas movilizaciones ciudadanas. Sin embargo, el apoyo a la decisión del presidente Pedro Sánchez de prohibir el uso de bases españolas para atacar Irán no cuenta con el mismo nivel de respaldo, reflejando un clima de polarización social más agudo.
El cruce de opiniones y fragmentación de la resistencia social de hoy en día contrasta con la unidad que existía hace dos décadas. Entonces, más del 90% de la población española se oponía a la guerra de Irak, en un clamor que abarcaba diferentes sectores políticos y sociales. Hoy, la respuesta gubernamental a la presión estadounidense se inserta en una realidad de fractura política que complica la firmeza de la oposición.
La justificación para la ofensiva también evoca recuerdos de fallos pasados. Mientras las afirmaciones de armas químicas por parte de la inteligencia estadounidense en 2003 fueron desmentidas, hoy los informes sobre el progreso del programa nuclear iraní parecen seguir un guion similar, aunque con una diferencia clave: la capacidad técnica y militar de Irán es significativamente más robusta.
Otro aspecto relevante es la geografía: Irán es un país montañoso que ofrece ventajas defensivas que no existían en el Irak de 2003. Esto, combinado con un ejército capaz de operar en condiciones asimétricas, plantea un desafío considerable a cualquier intento de cambio de régimen. La invasión a Irán podría volverse un escenario de grandes costos humanos y materiales para la coalición que se atreva a intentarlo.
Sin embargo, a diferencia de Irak, donde el descontento inicial se consolidó rápidamente en un clima de caos, Irán cuenta con una población civil más cohesionada, movilizada en torno a la resistencia local. La crítica al uso de una intervención militar se basa en el temor de que tales acciones podrían socavar los movimientos sociales internos y permitir que el régimen gane legitimidad entre su población al ser visto como víctima de una agresión externa.
Finalmente, el conflicto actual lleva consigo la posibilidad de una escalada que podría afectar a toda la región, incluyendo el crucial estrecho de Ormuz, por donde transita una parte significativa del petróleo mundial. La capacidad de Irán de bloquear estas rutas representa un riesgo económico global que podría cambiar las dinámicas de poder en el ámbito internacional y cuestionar la hegemonía estadounidense en la región.



















