Miles de niños extranjeros que hoy viven «heredando» la irregularidad de sus padres aguardan la nueva reforma del Gobierno. Para ellos, conseguir «papeles» no es solo un trámite, sino el fin del miedo a la expulsión y el acceso a derechos básicos como el deporte federado o el comedor escolar.
Crecer sin documentos en España es, para miles de niños, aprender a vivir en las sombras. Samy, una niña colombiana de 11 años, lo resumió en una pregunta que desarmó a su madre, Sofía: «¿Me van a devolver para Colombia yo sola?». La inquietud de la pequeña se transformó en alivio al saber que ella también entraría en el proceso de regularización extraordinaria que impulsa el Gobierno: «Mami, ¡ahora podremos salir tranquilas!».
La herencia de la irregularidad
En el sistema actual, los menores extranjeros en España «heredan» la situación administrativa de sus progenitores. Aunque hayan nacido en suelo español, si sus padres no tienen autorización de residencia, ellos tampoco. Según estimaciones de organizaciones como Save The Children, uno de cada cinco niños extranjeros en España vive en esta situación de vulnerabilidad.
Ser un niño «sin papeles» conlleva barreras que marcan el día a día:
- Exclusión escolar y de ocio: Dificultades para acceder a becas de comedor, imposibilidad de realizar actividades extraescolares que exigen un NIE o trabas para obtener títulos académicos y realizar prácticas formativas.
- Discriminación deportiva: Casos como el del hijo de Shyrlene, en L’Hospitalet, quien vio truncada su ilusión de federarse en el fútbol catalán por carecer de documentación, un golpe emocional que dificulta su integración.
- Vivienda y pobreza: Familias enteras viviendo en habitaciones compartidas, pagando alquileres abusivos bajo la amenaza constante de que una queja pueda derivar en un expediente de expulsión.
Una protección reforzada para la infancia
La regularización extraordinaria planteada por el Ministerio de Inclusión para este 2026 introduce una medida clave para corregir este «desfase» de derechos: mientras que para los adultos el permiso inicial suele ser de un año, para los menores se plantea una protección reforzada con permisos de cinco años.
Esta medida busca evitar que los niños queden en un limbo burocrático mientras sus padres tramitan renovaciones o cambios de contrato, permitiendo una estabilidad que hasta ahora les ha sido negada.
El estigma de ser «migrante»
El relato de las familias evidencia que la falta de papeles no solo afecta al bolsillo, sino a la identidad. Sofía recuerda con dolor cómo su hija Samy, tras escuchar comentarios xenófobos en el metro, le preguntó: «Mami, nosotras que somos migrantes, ¿somos malas? ¿por eso la gente no nos quiere?».
Para madres como Cinthia, que lleva siete años en Barakaldo trabajando en el sector del hogar sin lograr regularizarse por las altas exigencias del arraigo tradicional, esta reforma es «una bendición». Para ellas, los papeles significan poder denunciar abusos laborales, buscar empleos dignos y, sobre todo, permitir que sus hijos dejen de hacerse preguntas que ningún niño debería tener que responder.



















