El fracaso del 7 de octubre de 2023 entierra el concepto de defensa pasiva. Bajo el mando de Netanyahu, el país pasa de la disuasión a la ofensiva total contra Irán, Hizbulá y Hamás, priorizando la destrucción de capacidades sobre la intención del enemigo.
TEL AVIV – Durante décadas, la doctrina de seguridad de Israel se resumió en una metáfora acuñada por Ehud Barak: el «chalé en la jungla». La idea de una pequeña fortaleza democrática y tecnológica rodeada de fuerzas hostiles que debía limitarse a mantener sus muros altos y sus sensores alerta. Sin embargo, el trauma del 7 de octubre de 2023 ha dinamitado ese concepto. Hoy, Israel ha abandonado la relativa calma del statu quo para abrazar una estrategia de prevención activa que está redibujando el rostro de Oriente Próximo.
Del trauma a la ofensiva total
La nueva doctrina de facto nace de la lección aprendida tras la invasión de Hamás que dejó 1.200 muertos y 251 secuestrados. El liderazgo político y militar ha concluido que ya no basta con «gestionar el conflicto» o confiar en escudos antiaéreos.
Según el analista militar Amos Harel, los pilares de este cambio son tres:
- Franjas de seguridad ampliadas: Creación de zonas de amortiguación o «áreas desmilitarizadas» de varios kilómetros de ancho en Líbano, Gaza y Siria para evitar incursiones terrestres.
- Ofensiva por encima de disuasión: Israel ya no espera a ser atacado. Ha pasado de ignorar provocaciones en la frontera a ejecutar operaciones letales en el corazón de Beirut o Teherán contra líderes como Nasrala o Jamenei.
- Capacidad frente a intención: «Durante años nos dijimos que si no tenían intención de atacarnos, no era una tragedia que se armaran», explica Harel. Ahora, Israel actúa contra cualquier amenaza potencial antes de que crezca, independientemente de la retórica del rival.
Netanyahu: ¿Supervivencia o ideología?
Benjamín Netanyahu, quien antaño evitaba «aventuras arriesgadas» y permitía la entrada de fondos cataríes a Gaza para mantener una calma ficticia, proclama hoy que Israel es «más fuerte que nunca». El primer ministro defiende que el país opera ahora en un radio sin precedentes para alejar amenazas existenciales.
Sin embargo, críticos y analistas advierten que esta nueva postura también responde a la complicada situación interna del mandatario. La necesidad de victorias militares claras se entrelaza con sus desafíos judiciales y políticos, especialmente bajo la presión de un mandato estadounidense —el de Donald Trump— que exige resultados rápidos tras haber forzado acuerdos de alto el fuego previos.
Guerras largas y frentes abiertos
El viejo dogma de que Israel no puede permitirse guerras prolongadas ha saltado por los aires. Con un conflicto que supera los 900 días en diversos frentes, el país se adapta a una contienda de desgaste. Esta nueva visión recupera conceptos históricos como el «Muro de Hierro» de Jabotinsky o la «Doctrina Begin» de ataques preventivos, pero con una intensidad nunca vista.
El coste internacional
Mientras el presidente Isaac Herzog asegura que Israel no tiene «demandas territoriales» y solo busca el desarme de grupos terroristas para que sus ciudadanos vivan en calma, la comunidad internacional observa con alarma. Lo que el Gobierno define como «operaciones de alejamiento» es denunciado por ONG y organismos internacionales como ocupación, desplazamientos forzosos y violaciones del derecho internacional, especialmente por los efectos devastadores en la Franja de Gaza.
Israel ha decidido que el precio de su seguridad ya no se paga manteniendo el muro, sino derribando cualquier amenaza antes de que esta llegue a tocarlo. El «chalé» ya no se esconde en la jungla; ahora intenta dominarla.















