El conjunto parisino superó al equipo de Mikel Arteta desde los once metros en el Puskás Aréna tras finalizar el encuentro y la prórroga con empate en el marcador, emulando la hazaña histórica del Real Madrid de Zidane
BUDAPEST. El Paris Saint-Germain ha vuelto a inscribir su nombre en las páginas de oro del fútbol continental al proclamarse campeón de la Liga de Campeones en el Puskás Aréna de Budapest. El conjunto francés logró retener el máximo galardón europeo tras una batalla de 120 minutos que concluyó con un marcador de 2-1 a su favor tras una emocionante tanda de penaltis. Con esta victoria, la escuadra parisina consigue encadenar dos títulos consecutivos en la máxima competición de clubes, una gesta de resiliencia deportiva que ningún equipo lograba firmar en Europa desde que lo consiguiera el Real Madrid bajo la dirección técnica de Zinedine Zidane entre los años 2016 y 2018.
La derrota supone un doloroso desenlace para el Arsenal de Mikel Arteta, que regresaba a una final de la Liga de Campeones dos décadas después de su última aparición y que anhelaba conquistar este prestigioso torneo por primera vez en su historia. El club londinense estuvo muy cerca de completar la gesta en tierras húngaras merced a un planteamiento táctico inicial brillante, pero terminó sucumbiendo ante la mayor profundidad de plantilla y el empuje de los vigentes campeones en el tramo definitivo del choque.
La gran final comenzó de la mejor manera posible para los intereses del planteamiento diseñado por Mikel Arteta. Cuando apenas se habían disputado seis minutos de juego del primer tiempo, el delantero alemán Kai Havertz logró adelantar al conjunto inglés. La acción del tanto se originó de forma fortuita tras un despeje del defensa brasileño Marquinhos que terminó rebotando en el cuerpo de Leandro Trossard. El atacante germano aprovechó la coyuntura para encontrar el espacio necesario, avanzar hacia la portería rival y batir al guardameta con una definición de gran precisión desde un ángulo sumamente cerrado.
Este gol tempranero otorgó al Arsenal el escenario idóneo para ejecutar con rigurosidad el plan estratégico que había imaginado su entrenador. Los «Gunners» se pertrecharon en un bloque defensivo muy compacto, manteniendo las líneas juntas y exhibiendo una máxima disciplina sin balón. De este modo, los británicos cedieron de forma deliberada la posesión del esférico al Paris Saint-Germain, que llegó a registrar un control de la pelota ampliamente superior al 70 por ciento. Sin embargo, esta hegemonía en la circulación no se tradujo en verdadero peligro de cara a la portería contraria durante gran parte de la noche.
Durante todo el primer acto, los principales argumentos ofensivos de la entidad francesa se vieron completamente neutralizados por el entramado defensivo inglés. El talento de Désiré Doué y el desequilibrio de Khvicha Kvaratskhelia apenas pudieron emerger ante las marcas, mientras que el extremo internacional Ousmane Dembélé se topó de forma sistemática con la ausencia de espacios para trazar sus diagonales. Los nervios y la imprecisión parecieron apoderarse de varios de los futbolistas de la plantilla francesa, lo que permitió al Arsenal marcharse al túnel de vestuarios en el descanso con la mínima ventaja en el marcador y transmitiendo una clara sensación de absoluto control sobre el juego.
El impacto de Ousmane Dembélé tras el descanso
El panorama del encuentro varió de forma sustancial tras la reanudación del partido en la segunda mitad. El técnico del Paris Saint-Germain, Luis Enrique, reajustó sus piezas y ordenó ejecutar una presión mucho más agresiva sobre la salida de balón del Arsenal. La escuadra parisina adelantó sus líneas de forma decidida con la firme intención de restablecer la igualada en el electrónico de Budapest. A pesar de que el Arsenal contuvo las acometidas iniciales con solidez, la insistencia de los campeones galos terminó encontrando su recompensa en una acción aislada.
La jugada que modificó el rumbo de la final se produjo cuando el atacante georgiano Khvicha Kvaratskhelia fue derribado en el interior del área por el defensor Cristhian Mosquera. El colegiado de la contienda no dudó en señalar la pena máxima. Ousmane Dembélé asumió la responsabilidad del lanzamiento en el momento más delicado del encuentro para los franceses y convirtió el penalti con un remate raso y muy ajustado al poste izquierdo, estableciendo el empate 1-1 en el marcador.
La celebración del tanto del empate desató la euforia en el sector de las gradas ocupado por los aficionados del Paris Saint-Germain. Algunos de los seguidores radicales encendieron bengalas en las tribunas del Puskás Aréna, lo que motivó e hizo necesaria una breve intervención de carácter preventivo por parte de los agentes de los cuerpos antidisturbios situados alrededor del terreno de juego para garantizar la seguridad del espectáculo.
Mikel Arteta reaccionó de inmediato a la igualada introduciendo modificaciones de marcado perfil ofensivo en sus filas, dando entrada al terreno de juego a los futbolistas Viktor Gyökeres, Noni Madueke y Gabriel Martinelli en un intento por recuperar la iniciativa perdida. Por su parte, Luis Enrique respondió dando entrada a la juventud de Bradley Barcola y, con posterioridad, al delantero portugués Gonçalo Ramos, quien sustituyó a un Ousmane Dembélé visiblemente mermado por unas molestias físicas en los instantes finales del tiempo reglamentario. Pese a los intentos finales de ambas escuadras por romper el empate, la igualada persistió tras los noventa minutos, abocando la resolución de la final de la Liga de Campeones a una prórroga de 30 minutos adicionales, una circunstancia que no acaecía en el partido decisivo por el título europeo desde la edición del año 2016. Tras el tiempo extra, el campeón se dirimió desde los once metros en la tanda de penaltis.














