La 98.ª edición de los premios de la Academia salda una deuda histórica con el cineasta estadounidense, que logra seis estatuillas con una sátira política. Ryan Coogler y su éxito ‘Los pecadores’ protagonizan una gala inusualmente carente de compromiso social.
La madrugada del domingo, Hollywood decidió, por fin, exorcizar el olvido histórico que pesaba sobre Paul Thomas Anderson. La 98.ª edición de los premios Oscar, celebrada bajo un tono mortecino y despolitizado, consagró a Una batalla tras otra con seis galardones, incluyendo el de mejor película y mejor dirección, reconociendo así una trayectoria que aguardaba este momento desde hace casi tres décadas.
La victoria de la cinta, una adaptación de la novela Vineland de Thomas Pynchon, supone un punto de inflexión. La película ha sido interpretada como un manifiesto necesario; una sátira política que disecciona la paranoia de una extrema derecha racista, xenófoba y conspiranoica. Con este reconocimiento, la Academia parece haber querido expiar culpas ante un cineasta que, habiendo sido nominado en ocho ocasiones anteriores, nunca había logrado materializar el triunfo para su vitrina personal. «Siento el desastre de mundo que os dejamos», declaró un emocionado Anderson al recoger el premio al mejor guion adaptado, dirigiéndose a la nueva generación.
El fenómeno de ‘Los pecadores’ y el desaire a Sirat
Si Anderson fue el gran nombre de la noche, Ryan Coogler se alzó como el protagonista de la temporada. Su filme, Los pecadores (Sinners), una innovadora reinvención del cine de vampiros conectada con el blues del Delta, se hizo con cuatro premios a pesar de haber partido con 16 nominaciones, el récord de la presente edición. El filme fue reconocido en categorías técnicas clave, destacando la fotografía de Autumn Durald Arkapaw, quien se convirtió en la primera mujer en ganar en este apartado, y la banda sonora de Ludwig Göransson.
En el lado opuesto, la velada dejó sinsabores significativos. Sirat no pudo imponerse ante la apisonadora de Valor sentimental, y el equipo técnico femenino formado por Laia Casanovas, Yasmina Praderas y Amanda Villavieja no logró hacer historia al perder frente a F1 en la categoría de sonido.
Una gala deslucida y el ‘grito’ de Bardem
Más allá de los laureles cinematográficos, la gala de este 2026 será recordada por su marcado carácter apolítico y conservador. En un contexto de crisis global, con nominados que abordaban temas como el racismo, la xenofobia y la guerra, la ceremonia optó por un tono incomprensiblemente blanco y temeroso, limitándose a discursos de agradecimiento descafeinados.
La excepción la marcó Javier Bardem, quien rompió el estruendoso silencio de la platea con un rotundo «No a la guerra». Fue el único momento de autenticidad en una velada donde, salvo por la valentía del equipo del documental Mr. Nobody contra Putin al denunciar a las oligarquías, la industria pareció evitar cualquier mensaje que pudiera incomodar, refugiándose en chistes pensados para redes sociales y un sentimentalismo cargante.
Otros nombres propios de la noche fueron Jessie Buckley, que cumplió los pronósticos al ganar como mejor actriz por Hamnet, y la veterana Amy Madigan, premiada como mejor actriz de reparto por Weapons, 40 años después de su primera nominación. Por su parte, la cinta Frankenstein, de Guillermo del Toro, dominó las categorías de diseño, maquillaje y vestuario, consolidándose como la gran apuesta estética de la edición.



















