El Partido Popular ha optado por mantener un perfil bajo ante el regreso de Donald Trump al centro del escenario político internacional, una estrategia que, según reconocen dirigentes del propio partido, responde directamente a su alianza con Vox. Mientras la formación de Santiago Abascal refuerza su sintonía con el expresidente estadounidense, el PP evita cualquier crítica pública que pueda incomodar a su socio parlamentario.
Fuentes populares admiten en privado que la decisión de no cuestionar a Trump no es ideológica, sino táctica. “No nos conviene criticarlo”, señalan dirigentes del partido, conscientes de que Vox ha hecho del trumpismo una referencia política y discursiva. Esta postura ha llevado al PP a perder protagonismo en el debate internacional y a ceder espacio a la extrema derecha en asuntos de política exterior.
El malestar interno es palpable. Algunos cargos del PP expresan su preocupación por las consecuencias de este silencio estratégico, especialmente ante escenarios internacionales cada vez más imprevisibles. “Como Estados Unidos invada Groenlandia, estamos jodidos”, ironiza un dirigente popular, reflejando la inquietud por una política exterior condicionada por equilibrios internos y dependencias incómodas.
Esta situación evidencia las tensiones dentro del bloque de la derecha española, donde el PP se ve atrapado entre su aspiración de liderazgo institucional y la necesidad de no romper con Vox. Mientras tanto, la extrema derecha consolida su influencia en el discurso internacional, dejando al PP en una posición defensiva y cada vez más subordinada en este terreno.


















