MADRID — Marruecos ha vuelto a superar a España por segundo año consecutivo, consolidando su posición como el segundo mayor proveedor de tomate en el mercado de la Unión Europea, tan solo por detrás de los Países Bajos.
Según los datos de la campaña más reciente (2025/2026), el país norteafricano comercializó en territorio comunitario 493,33 millones de kilos, frente a los 475,8 millones de kilos aportados por los productores españoles, de acuerdo con un informe elaborado por Hortoinfo a partir de estadísticas de Euroestacom (Icex-Eurostat).
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Una tendencia a la baja en la producción española
Los datos del sector agrario confirman una marcada divergencia a lo largo de la última década. Desde la campaña 2015/2016, las exportaciones de tomate español hacia la UE han experimentado un descenso cercano al 37%, mientras que las ventas procedentes de Marruecos se han incrementado en más de un 22%. Pese al liderazgo holandés, que se mantiene firme en la primera posición general, la evolución marroquí refleja un fuerte empuje competitivo en el mercado comunitario.
En términos económicos, las transacciones del sector marroquí alcanzaron los 1.030 millones de euros, superando ligeramente los 1.017 millones de los productores españoles. El precio medio del producto importado desde Marruecos se situó en 2,09 euros por kilo, por debajo de los 2,14 euros por kilo registrados por la oferta de España.
Presión regulatoria y de costes
Desde la Federación Española de Asociaciones de Productores Exportadores de Frutas, Hortalizas, Flores y Plantas Vivas (FEPEX), señalan que este adelantamiento responde fundamentalmente a las diferencias en los costes laborales, la presión normativa y los menores precios del producto marroquí.
Asimismo, la campaña española se ha visto lastrada por factores fitosanitarios, condiciones climatológicas adversas y la adopción de variedades de tomate enfocadas a la resistencia contra virus, pero con un rendimiento productivo inferior. Expertos del sector agrario advierten además de la fuerte presión inflacionaria en los costes de producción —como la energía, los fertilizantes y los derivados del petróleo—, lo que plantea un escenario de retos continuos para la competitividad del campo español de cara a la próxima década.














