El fracaso de la estrategia para absorber a la formación de Abascal obliga al Partido Popular a replantearse sus alianzas y pone el foco sobre el «oasis sanchista» de Juan Vivas.
El diseño estratégico del Partido Popular durante los últimos años ha adolecido de un pecado original: creer que VOX era una marca coyuntural, un producto de laboratorio similar a lo que en su día fue Ciudadanos. Desde Génova se pensó que la formación de Santiago Abascal carecía de raíces ideológicas profundas y que bastaría activar la maquinaria del «voto útil», el respaldo de los grandes grupos de comunicación y un carrusel de encuestas demoscópicas orientadas para disolver su espacio electoral. Los hechos han demostrado que el diagnóstico era erróneo.
VOX no ha resultado ser una moda pasajera, sino la canalización política de un arraigado sentimiento patriótico que llevaba décadas huérfano de representación en España. Millones de votantes que priorizan la unidad nacional, la soberanía, el control estricto de las fronteras y la seguridad han blindado el proyecto frente a cordones sanitarios y campañas de propaganda. No se puede derrotar mediante titulares de prensa un sentimiento de pertenencia a una nación.
El fin de las mayorías absolutas y el giro programático
La realidad electoral ha terminado por imponerse, dinamitando el sueño de las mayorías absolutas para la derecha tradicional. La fragmentación del panorama político actual hace inviable cualquier alternativa de gobierno al sanchismo que no pase por la colaboración directa entre el Partido Popular y VOX.
Los pactos autonómicos vigentes son la prueba palmaria de esta nueva etapa. El ejemplo más paradigmático se sitúa en Castilla y León, donde el PP ha terminado asumiendo e incorporando a la gestión pública postulados de VOX que antes ridiculizaba, como el principio de Prioridad Nacional. Esta tesis, que defiende la lógica de que en un contexto de recursos públicos limitados se debe atender primero a quienes sostienen la comunidad con sus impuestos, ha pasado de ser una consigna denostada a convertirse en el eje del debate político nacional.
Ceuta: la anomalía estratégica del PP
Si esta premisa de colaboración es válida para el conjunto del país, cobra una dimensión crítica en el norte de África. Llegado el momento, el Partido Popular nacional tendrá que abordar de manera inevitable la anomalía política que representa el ejecutivo de Juan Vivas en Ceuta.
Resulta incoherente defender un proyecto de reconstrucción nacional para desalojar a Pedro Sánchez de La Moncloa mientras una plaza tan estratégica como Ceuta continúa funcionando como el refugio político de un modelo basado en el entendimiento permanente con el socialismo local.
El PP ha comenzado a entender que no puede liderar un cambio de rumbo nítido en España si mantiene enclaves territoriales que caminan en la dirección opuesta, aceptando las políticas del sanchismo. Si la dirección nacional del PP ha asumido finalmente que el futuro institucional pasa por entenderse con VOX y dotar de contenido ideológico la alternativa, el cambio deberá llegar también a Ceuta, poniendo fin a años de aislamiento hacia la formación patriótica.















