Entre las tragedias más severas que forman parte de la memoria colectiva nacional destacan los sucesos acontecidos en Torre del Bierzo, Las Alcubillas, El Cuervo, Chinchilla, Angrois, Gelida y Adamuz, episodios que condicionaron la evolución de la normativa y la tecnología en las vías españolas.
La historia del ferrocarril en España ha discurrido de forma paralela al progreso técnico, la vertebración territorial y el desarrollo económico. No obstante, este recorrido histórico se encuentra marcado por graves siniestros que han dejado cientos de víctimas mortales, conmocionando a la opinión pública y acelerando la transformación de la seguridad ferroviaria en el país. Desde las grandes catástrofes de la red convencional durante el siglo XX hasta los recientes accidentes en líneas de alta velocidad, estos eventos han influido en la percepción social del tren y han impulsado debates continuos en torno a la prevención, las infraestructuras, la señalización y las responsabilidades institucionales.
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De la posguerra al siglo XX: las grandes catástrofes en la red convencional
El siniestro de mayor gravedad en los anales del ferrocarril español tuvo lugar el 3 de enero de 1944 en la provincia de León. El accidente de Torre del Bierzo se produjo en el interior de un túnel perteneciente a la línea que unía Palencia y La Coruña. Un tren correo que sufría problemas de frenado colisionó contra una locomotora y otros vehículos ferroviarios, viéndose implicado posteriormente un tercer convoy que desencadenó un violento incendio. Aunque la autoridad judicial de la época fijó la cifra oficial de fallecidos en 87, la opacidad propia de la posguerra generó incertidumbre sobre la dimensión real del suceso, fijando una investigación publicada en 2019 el balance de víctimas en unas 200 personas. Poco después, en la madrugada del 14 al 15 de noviembre de 1945, la línea Linares-Almería fue escenario de otro choque entre un tren de mercancías y otro de viajeros a la altura de Las Alcubillas, entre las estaciones de Fuente Santa y Gérgal. La colisión, que provocó un incendio por la descarga de cables eléctricos, se cobró la vida de 41 personas y dejó 593 heridos según los registros oficiales.
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Décadas más tarde, el 21 de julio de 1972, la localidad sevillana de El Cuervo registró uno de los siniestros más graves del periodo tardofranquista. Un ferrobús que cubría la ruta Cádiz-Sevilla y un tren expreso que realizaba el trayecto Madrid-Cádiz colisionaron frontalmente tras rebasar el primero un semáforo en rojo en la estación. El choque causó 86 muertos y más de 150 heridos, poniendo de manifiesto la necesidad de perfeccionar los sistemas de señalización y coordinación del tráfico en las líneas. Ya en el siglo XXI, el 3 de junio de 2003, la colisión en Chinchilla de Montearagón (Albacete) entre un tren Talgo Madrid-Cartagena y una locomotora de mantenimiento causó 19 fallecidos y cerca de 50 heridos debido a un error humano de gestión. Este suceso marcó un punto de inflexión que aceleró la implantación de tecnologías automáticas para mitigar los fallos en la circulación.
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Los siniestros en la era moderna: de la curva de Angrois al reciente precedente de Adamuz
El 24 de julio de 2013, la víspera del Día de Galicia, se produjo la mayor tragedia ferroviaria de la etapa reciente en España. Un tren Alvia que circulaba entre Madrid y Ferrol descarriló en la curva de A Grandeira, en el enclave de Angrois, a las afueras de Santiago de Compostela. El convoy marchaba a 179 kilómetros por hora en un tramo limitado a 80. El balance fue de 80 personas fallecidas y más de un centenar de heridos, abriendo un debate técnico e institucional sobre el exceso de velocidad, los sistemas de protección automática y la evaluación integral de riesgos en la red.
La alta velocidad española registró su primer accidente de gravedad el 18 de enero de este año en el término municipal de Adamuz (Córdoba). Un tren Iryo operado por la compañía ILSA que realizaba el trayecto Málaga-Madrid descarriló e invadió la vía contigua, colisionando contra un Alvia de Renfe que circulaba en sentido contrario hacia Huelva. El siniestro se saldó con 46 víctimas mortales y 292 heridos. Las pesquisas desarrolladas por la Guardia Civil y la Comisión de Investigación de Accidentes Ferroviarios (CIAF) determinaron la rotura de un carril en el punto kilométrico 318,681 como causa del suceso. Pocos días después, el 20 de enero, otro accidente en la red de Rodalies entre Gelida y Sant Sadurní d’Anoia provocó la muerte del maquinista y de otras 41 personas tras chocar el convoy contra un muro de contención desplomado sobre la vía.














